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LOS ESPEJOS

 

Nadie sabe todavía ni el origen ni la antigüedad de los espejos puesto que se han encontrado restos de ellos en excavaciones de civilizaciones tan antiguas como la Sumeria o la Azteca y en continentes como en China e incluso en África. Algunos historiadores dicen que son de origen Persa pero aún no está demostrado. Para la mayoría de nosotros el espejo es un objeto que refleja nuestra imagen, pero para los pueblos de la antigüedad el espejo era mucho más que eso. Los espejos de la antigüedad estaban hechos de metal la mayoría de ellos: unos de oro, de plata, de bronce y la gran mayoría de algún tipo de piedra como la obsidiana (una roca volcánica), o mármol muy pulidos. Todos estos metales, planos o curvos, eran debidamente pulimentados hasta conseguir que los rayos de la luz se reflejaran en ellos. En cuantos menos poros tuvieran los metales más nítido sería todo lo que se reflejara en ellos.

 
Esquilo escribiría que el espejo de la belleza es el bronce pulido; el del alma, el vino. San Agustín nos dice en "La Ciudad de Dios" que los espejos eran usados por las brujas de Tesalia para escribir sus oráculos con sangre humana sobre ellos.
 
La Biblia nos cuenta que Saúl, primer Rey de Israel, cuando empezaron a flaquearle las fuerzas por el agotamiento de las sucesivas guerras contra los filisteos, pidió a la Pitonisa de la ciudad de Endor que invocara el espíritu de Samuel, Juez de Israel que le había nombrado Rey, para así pedir consejo a su espíritu sobre cómo librar a Israel de sus continuos asedios. La Pitonisa se dirigió a un espejo que tenía cubierto con un paño muy tupido y mirándose en él invocó el nombre del fallecido Juez Samuel que apareció al instante reflejado en él profetizando a Saúl que tanto él como su estirpe se extinguirían muy pronto. Como así fue.
 
Hesíodo nos cuenta que Perseo utilizó muy hábilmente su brillante escudo de bronce pulido para protegerse de la mirada destructora de la Medusa y evitar así ser convertido en piedra. Perseo observaba los movimientos de la Medusa reflejados en su escudo como si fuera un espejo  para de esta forma encontrar el momento más apropiado para acabar con ella. La Medusa empezó a ponerse nerviosa cuando se vio reflejada en el escudo de Perseo y las serpientes de su cabeza comenzaron a aletargarse al verse reflejadas también en él; sus propias miradas, que petrificarían a cualquiera,  sólo consiguieron adormecerlas arrastrando a la Medusa en su letargo, momento que aprovechó Perseo para cortarle la cabeza.
 
Sócrates nos cuenta que mirarse al espejo era cosa de mujeres solamente y que los hombres no tenían por costumbre hacerlo por el sólo hecho de ser hombres; consideraba también que el maquillaje que usaban las mujeres era una forma de engaño y que sólo intentaban tapar sus defectos al espejo, la cara del alma, y también que deberían prohibir la visita a los Templos a las mujeres maquilladas porque estaban escondiendo su verdadero rostro a los dioses.
 
El bello Narciso descubre que tiene un hermoso rostro cuando se inclina en un lago y se ve reflejado en él; es tan bello que se enamora de sí mismo. El reflejo en el lago hace comprender a Narciso que hay mucho más además de su belleza, que es efímera, y comienza a verse a sí mismo tal y como es. El ojo del espejo del lago le ha hecho reflexionar sobre su actitud ya que la auto-admiración por su belleza ha sido pasajera y Narciso empieza a reconocer el error de no haber correspondido al amor de la ninfa Eco y su desesperación y sus remordimientos le conducen a la muerte. En cambio el reflejo en el espejo o en el agua de las mujeres produce el efecto contrario que en el hombre; mientras un hombre puede llegar a caer en el tormento de su propia existencia una mujer se reafirma y se ensalza en él . La diosa griega Afrodita (o Venus) portaba un espejo para que tanto las mujeres y los hombres se miraran en él.  
 
Pero aún así el espejo era útil solamente si se miraba de frente. Séneca nos cuenta que en tiempos de Augusto en Roma había un aristócrata llamado Hostius Quadra, un rico hacendado cruel con sus esclavos y amonestado repetidas veces por el Emperador debido a las prácticas tan depravadas que llevaba a cabo usando espejos cóncavos y convexos cuando visitaba los baños y saunas públicos para poder ver, sin ser visto, las partes íntimas de los cuerpos desnudos agrandándolas o empequeñeciéndolas según su capricho y dependiendo del movimiento de los espejos.
En la antigua Roma a los que leían los oráculos en los espejos se les llamaba "speculadoris", especuladores.
 
El franciscano inglés Roger Bacon (1214-1294) en su "Opus Maius", tratado sobre matemáticas, óptica y alquimia, fué el primero en reconocer que el espectro visible se reflejaba en un vaso de agua y por lo tanto en cualquier superficie pulida que absorbiera el más débil rayo de luz.
 
Se ha escrito mucho sobre el espejo del alquimista donde la leyenda popular dice que se puede ver el alma de los que se miran en él. Roger Bacon éscribió que la mezcla imperfecta de mercurio, azufre y sal que se usaba para fabricar espejos elevaba al máximo grado de perfección el resultado final.
 
María de Gracia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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